Desayunaba yo esta mañana, té sencha verde, leche de soja y pan tostado con aceite usado una vez, cuando en Radio Clásica, daban la música de Boccherini, madrileña y elegante, alegre y melancólica. Yo sabía que el músico nacido en la Toscana, se había pasado sus años en España, pero deconocía que viviera tanto tiempo en ella como para morir aquí. Se conoce que, a pesar de sus cosas malas, la España del buen rey Carlos III era de lo mejor que ofrecía aquella Europa fría y tontuela. Hasta con Carlos IV estuvo más feliz el autor de "La retirada de Madrid". Era aquella, seguramente, una sociedad embrutecida pero que aún abrigaba la esperanza de salir del fango de la ignorancia, en parte gracias a los ilustrados y en parte gracias a las individualildades que no ha cesado milagrosamente de dar España a lo largo de la historia.
En cualquier país, los intelectuales, los artistas, las gentes de letras y de ciencias en general, han tenido una gran responsabilidad, digamos, en el proceso de "desasnar" a sus conciudadanos. Su ejemplo, hasta nuestros días, valía más incluso que el ejemplo que daban los próceres y altos dignatarios, no siempre presentables desde los puntos de vista moral e intelectual. Pero, desde los últimos años del siglo XX el giro producido en parte por un bienestar material inédito sobre la sociedad española ha hacho que ésta pierda el prurito de la curiosidad del saber, la dignidad de mantener el tipo aunque ya no quede fuerzas para ello, la vergüenza torera, dicho de forma llana. Han dejado de inspirar respeto los maestros, aunque esto venía de antiguo ("tiés más hambre que un maestro escuela", se ha dicho siempre), de resultar estimulantes los esforzados científicos. Nada parece merecer la pena el mínimo esfuerzo si no se ve inmediatamente compensado con dinero, mucho dinero. Sólo vale el dinero.
Ya sé que no descubro el Mediterráneo con lo que digo. Pero, ¡cuánta esperanza de mejorar había en aquella España de la Transición de la que se rememoran tan sólos idioteces más facilonas, como machacona monserga que ofrecen las emisoras televisivas y radiofónicas. Qué vertiginosamente rápido se ha ido todo al garete. Con cuánta tranquilidad (desde luego, es legítimo, dirán) los intelectuales se apuntan al premio Planeta para hincar el diente al fin a un buen filete de 1 millón de euros, como acaba de hacer mi admirado Savater.
Dejadme soñar con que un día en España se vuelva a aquella sencilla aspiración de la excelencia con que se aplicaba un chico de familia pobre para salir de la miseria, honradamente, valiéndose de su talento y de su esfuerzo. De su inteligencia. O una chica, se entiende.
Perdonad este arranque de ansiedad.
domingo, 21 de diciembre de 2008
miércoles, 10 de diciembre de 2008
No hay consuelo
Lo malo de hacerse mayor es el dolor de cuello y la barriguita fofa que se va formando, sobre todo al sentarse, y que se muestra desvergonzada a todas las miradas, mientras tú sigues leyendo el periódico inadvertida, arrellenada en el sillón sin guardar compostura. Qué desagradable, qué alejado del canon de belleza romántica o incluso clásica. Sólo puede una calmar su ansia con las Gracias de Rembrandt, insuperables en su rotundidad. La Venus de Willendorf no vale a este efecto.
He oído muchas veces a los mayores de mi casa que el sentido del humor separa a los listos de los burros. Pero a mí no acaba de gustarme lo de los burros porque, ¿has mirado a un burro a la cara alguna vez? ¿Cerca, cerca?, ¿oliendo su un poco desagradable perfume de borriquito sudoroso? Es la imagen del candor amoroso. Prefiero la denominación griega -Grecia ahora está en la onda- de "idiota", osea, el que se ocupa sólo de sí mismo y abandona los asuntos de todos, la res publica de los latinos. Así que el sentido del humor distingue a los listos de los idiotas. Sólo queda definir quiénes son los listos, una palabra polisémica en español. "Listo, que eres un listo" y no digamos si se le busca el diminutivo en -illo... Definiré, por tanto, quién es listo según yo, una categoría, por cierto, a la que aspiro ardientemente y, en ocasiones, hasta me acerco para alejarme después años luz, otra vez. Listo es, según yo, quien conserva la curiosidad que tuvo de niño y, así, sabe cosas que le ayudan a vivir, entre ellas, la de ser compasivo y magnánimo. Hala, ya está.
Cuando una está triste, y esto vale para uno también, busca en el humor consuelo. A veces recurro a mirarme en el espejo mientras me lavo los dientes. Suele ir bien. Acabo dando unos pasos de baile o no. Cuando se está triste lo ideal sería poder buscar en el amor consuelo, pero, claro, tía, eso es pa nota. El humor, por otra parte, también hay que definirlo. Yo me quedo con el cervantino, el quevedesco y los demás me son algo ajenos, chabacanos, ásperos, producen risas exageradas. Cervantes, sin embargo, provoca una sonrisa a veces dulce a veces perversa, pero sonrisa, al fin. Y esa es la que me gusta a mí.
Lo malo es que la verdad no tiene consuelo. Y es inesquivable.
He oído muchas veces a los mayores de mi casa que el sentido del humor separa a los listos de los burros. Pero a mí no acaba de gustarme lo de los burros porque, ¿has mirado a un burro a la cara alguna vez? ¿Cerca, cerca?, ¿oliendo su un poco desagradable perfume de borriquito sudoroso? Es la imagen del candor amoroso. Prefiero la denominación griega -Grecia ahora está en la onda- de "idiota", osea, el que se ocupa sólo de sí mismo y abandona los asuntos de todos, la res publica de los latinos. Así que el sentido del humor distingue a los listos de los idiotas. Sólo queda definir quiénes son los listos, una palabra polisémica en español. "Listo, que eres un listo" y no digamos si se le busca el diminutivo en -illo... Definiré, por tanto, quién es listo según yo, una categoría, por cierto, a la que aspiro ardientemente y, en ocasiones, hasta me acerco para alejarme después años luz, otra vez. Listo es, según yo, quien conserva la curiosidad que tuvo de niño y, así, sabe cosas que le ayudan a vivir, entre ellas, la de ser compasivo y magnánimo. Hala, ya está.
Cuando una está triste, y esto vale para uno también, busca en el humor consuelo. A veces recurro a mirarme en el espejo mientras me lavo los dientes. Suele ir bien. Acabo dando unos pasos de baile o no. Cuando se está triste lo ideal sería poder buscar en el amor consuelo, pero, claro, tía, eso es pa nota. El humor, por otra parte, también hay que definirlo. Yo me quedo con el cervantino, el quevedesco y los demás me son algo ajenos, chabacanos, ásperos, producen risas exageradas. Cervantes, sin embargo, provoca una sonrisa a veces dulce a veces perversa, pero sonrisa, al fin. Y esa es la que me gusta a mí.
Lo malo es que la verdad no tiene consuelo. Y es inesquivable.
sábado, 6 de diciembre de 2008
permitanme que me presente
Soy amante de Shakespeare, ya se nota por el nombrecito del blog, y de la música de Haydn y de Beethoven, de modo que mi perfil -como se dice ahora- no es ligero. Además, he engordado unos kilos en los últimos diez años, que no piensan abandonarme jamás. Crecí en un ambiente del siglo XVI, rodeada de leyendas judías y paseos por la Roca Tarpeya, alimentando mi mundo personal de libros que guardaban todas las aventuras que he querdio vivir en mis días. Algunas, las he vivido. He triunfado en mi profesión después de cursar una discreta carrera y de hacer amigos que ahora tengo desperdigados por esos mundos. Triunfando unos; más inadvertidos otros. Arrastro, desde hace años, la incómoda sensación de no haber hecho todo el deporte que me habría gustado hacer: tenis, volei, baloncesto... aunque sí he nadado bastante. Ahora, en la soledad que me acompaña, practico yoga y aprendo a ser honrada conmigo misma, una difícil disciplina. Intento ser una buena persona pero fallo muchas veces. Entonces, maldigo, abronco, perorato y miro mal. No me gusto nada, pero, por el momento, no puedo evitarlo. Mi vida es un work in progress que no cesa, como el rayo de Hernández. He despilfarrado millones de segundos inexorables que nunca han llegado a formar un minuto. Y aún no he llegado a ser Hombre, ni creo que pueda conseguir tal cosa. Pero sí puedo jactarme de no haber perdido el sentido común después de haber hablado con reyes y gentes importantes. Ni cierta virtud tras haber compartido horas junto a la plebe. Tengo una dentadura desastrosa y algo de escoliosis dorsal, practicamente compensada. Pero me gusta el régimen austero de vida. Tengo dotes de asceta. He amado mucho. No sé si volverá a ocurrir.
Seguiré después si es que quereis seguir leyendo.
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