Neurólogos muy notables han llegado a la conclusión de que las neuronas no se eliminan con la edad sino con el desuso. Si un aficionado fanático de ellos deja un buen día de hacer crucigramas las sinapsis que intervienen en la resolución de crucigramas se adormecen y encogen hasta desaparecer. Igual ocurre si una persona que ya tiene superadas las pruebas que le condujeronm a disfrutar de una posición social conveniente deja de hacer problemas de aritmética u operaciones de otro tipo. Incluso interviene el cerebro en la pereza insalvable que atenaza los miembros al intentar pasear a buen ritmo por el monte después de lustros sin hacer algo semejante. Hasta ocurre que crece la inapetencia del abrazo amoroso si se deja pasar el tiempo sin ellos.
"Uno se acuesta sabiendo quién es, pero otra cosa distinta sucede al despertar a la mañana siguiente", ha dicho un neurocientífico. No es que se despierte como escarabajo, cual le sucedió a Gregorio Samsa, pero por ahí van los tiros, al parecer. He experimentado algo semejante; no despertar como un insecto sino con el alma lacerada de dudas y temores. Como si no hubieran pasado años suficientes como para saber cuál es mi lugar en el mundo. Como si los amigos de antaño se hubieran esfumado para siempre. La misma angustia de cuando niña, al despertar de una pesadilla recurrente en la que mis padres morían y yo me quedaba sola. Las pesadillas de los dos años, dicen los entendidos.

Si son o no trampas del cerebro que tiende para divertirse a costa de la canalla humana, no sé. Desconozco. Ignoro. Pero sé cómo burlar sus malas jugadas, aunque sólo sea durante minutos que pueden resultar decisivos para salvar el pellejo emocional. Coloco, por ejemplo, unas cuantas violetas arrancadas del jardín en marzo delante de mi nariz y aspiro lenta y profundamente. Cierro los ojos y, a lo mejor (puede pasar, porque en casa suele estar encendida Radio Clásica) al fondo del pasillo suena un Mozart sentido.
Y ya estoy salvada hasta el próximo embate.
